Cuando ella lo conoció, era tibia la conciencia sobre el futuro y la duda. Él desapareció su tristeza fermentada por el cotidiano (según ella, la peor de todas).Ella estaba hecha de impulsos, por eso gustaba más de la poesía. Él, de secuencias, por ello escribía novelas.Pronto él entró a su casa con las dos mejillas limpias y ella halló los garabatos para empezar una aventura de lujuria precoz. Ella exigió compromiso y él tranquilidad.Pero con el tiempo, los nervios de ella purgaron todas las semanas y la voz de él se volvió presurosa y fría.Creían que los ritos de placer era lo único que les quedaba y que ya solo estaban ajustando las últimas tuercas del final...Sin embargo, en el último momento del presente, ella le preguntó ¿Y deshechamos adjetivos?Él le respondió: al fin y al cabo, es la naturaleza de cada uno.
domingo, 14 de abril de 2013
Casi imposible
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